No soy de ningún equipo

Me gustaba jugar. Siempre lo hacía en la misma posición: entre los defensas y los mediocampistas, a la derecha. Estaba eximido de responsabilidades: nadie me culpaba si metían un gol y tampoco si desaprovechaba una oportunidad en la línea de ataque. Además podía ver el partido como si estuviera fuera de la cancha y también tenía tiempo para comentar con el arquero y sugerir alternativas de juego y brindar apoyos morales, que nunca están de más. Como no hacía fouls ni me picaba y hacía de vez en cuando mis contribuciones, era una buena carta para salir del paso. Por supuesto que cuando los capitanes elegían jugadores para formar el equipo después del sorteo –un cachipún de tres fases, sin ventaja y sin revancha–, mi nombre aparecía hacia el final, pero nunca último; en rigor, justo antes de que se llegara a los declaradamente malos o problemáticos: comilones sin sentido de realidad, mocheros, descomprometidos que se mandaban a cambiar en cualquier momento, mandones no autorizados, presuntos cracks –insignes representantes del laucherismo estéril– que no hacían más que complicar las cosas. Nunca metí un autogol, por una razón muy sencilla: les dejaba el trabajo pesado a los que sabían cómo manejar el asunto, y Dios o el azar quiso que nunca Vuestro Seguro Servidor fuera víctima de un rebote que terminara en el arco propio.

Cristóbal Joannon


Autor: Cristóbal Joannon
ISBN: 978-956-8970-48-2
N° de páginas: 84
Año de edición: 2014

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