Reseña: Atorrante de alma

Reseña: Confesiones imperdonables, Daniel de la Vega

El oportuno rescate de Daniel de la Vega, en este caso el de sus estupendas crónicas, merece atención y agradecimiento por parte del lector. Como se sabe, De la Vega fue el único escritor chileno en ganar tres premios nacionales -Literatura, Periodismo y Teatro-, pero al calor de los escritos que contiene Confesiones imperdonables, la estadística queda al margen, pues lo que el autor tiene aquí para ofrecer rebasa cualquier dato cuantificable. Nacido en 1982 y muerto en 1971, De la Vega cubrió con su mirada lúcida y escéptica varias épocas, diferentes mundos, y a la hora de lanzar una comparación sobre la mesa, no cabe otra opción que equipararlo con el mejor en estas lides, el gran Joaquín Edwards Bello.

Una sola crítica se le puede hacer a esta gruesa antología: las 87 crónicas que la componen no consignan la fecha de publicación. Varias de ellas fueron escritas hace más de 100 años, mientras que algunas han de tener seis décadas de antigüedad, y otras, cabe suponer, algo menos. Como sea, todas son instructivas y en buena medida sorprendentes. Ante la falta de vida bohemia de la capital, De la Vega se queja de que hacia fines de los años 20 “las noches de Santiago no tenían un café, un mesón que se abriera para el que se atrevía a andar por aquellas soledades”. Muy notable es el relato que se inicia con la siguiente admisión: “Yo jugué fútbol a principios de siglo. Era un catch-as-catch-can con pelota. Un boxeo con goles. En realidad, soy un sobreviviente de aquellos partidos”.

De la Vega es un tipo que no le teme al traqueteo callejero ni a la vida nocturna, una fuente de primera para informarse acerca del desarrollo del teatro y el cine a principios del siglo XX y un escritor que, ante todo, odiaba aburrir al lector. Al respecto, en un momento despotrica en contra de las descripciones largas, pero cuando le cae la necesidad de utilizar tal recurso, es capaz de escribir hermosísimas líneas, especialmente en relación con la contemplación y la aprehensión de la naturaleza. No obstante, si hubiese que definirlo en pocas palabras, éstas serían, entre las suyas, las más acertadas: “A mí me gustaría ser atorrante, no tomar en serio las costumbres, levantarme a veces a las cuatro de la tarde. Afanarme un día por construir y organizar, y luego dejar que las cosas se arreglen solas y también entregarme a ratos para que la vida me lleve adonde quiera”.

Llamativos y curiosos personajes, hoy en día olvidados, campean con recurrencia por este libro magnífico y singular. Por ejemplo, un tal Enrique Ramos, amigo del autor, flaco como un palo, que se alimentaba de crisantemos, gafas (“a José Squella también le comió unos anteojos negros para el sol”) y, muy notablemente en cierta ocasión, del anillo de bodas de un camarada durante su despedida de soltero. Otro excéntrico. Juan Manuel Rodríguez, de profesión poeta, elaboraba con inusitada frecuencia un ardid de picaresca que incluía avisos en los diarios de Valparaíso, timo que, a las finales, le reportaba algunos pesitos. Está el caso de un pirquinero afortunado de Copiapó, Pedro Cordero, que “compró una cantina y se encerró a tomársela”. Y la triste artimaña del inestimable y trágico Pezoa Véliz, quien cuando no tenía un lugar en donde echar los huesos a descansar, “tomaba un tranvía en el puerto para Viña del Mar, y allí se dormía. Al llegar a Viña del Mar el cobrador lo despertaba para avisarle que ya había llegado. Pezoa Véliz, soñoliento, pagaba un nuevo pasaje para volver al puerto. Y al llegar al puerto, volvía a pagar para ir a Viña del Mar, y así se pasaba la noche”.

En una de sus crónicas, el autor se define como “miembro de la secta de los grandes adversarios de la época”. El dato no es inocuo, pues realza en este libro aquella intemporalidad que sólo se distingue en las grandes obras.

Juan Manuel Vial

La Tercera

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