Reseña: El diablo es peruano, Daniel Titinger

Reseña: El diablo es peruano, Daniel Titinger

Francisco Mouat es un escritor chileno, periodista, comentarista deportivo de Radio ADN de Santiago, columnista de la revista Sábado de El Mercurio, amo y señor de Lolita Editores y maestro –la palabra es definitiva– de un taller literario de lunes a viernes, donde tiene alumnos apasionados que lo siguen desde hace años. A Francisco Mouat lo conozco solo por correo electrónico, gracias a que me lo presentó un amigo en común, y nos habremos mandado dos o tres correos desde entonces, no más. También le mandé mi libro, ‘Dios es peruano’, y él me envió uno de los suyos, ‘El empampado Riquelme’, la historia de un hombre, un equis, un tipo normal que un día de 1956 se perdió en el desierto de Atacama. Más de cuarenta años después encontraron su cadáver. ‘El empampado…’ es un homenaje a la memoria de ese hombre común, un trabajo de investigación periodística, pero sobre todo de arqueología contra el olvido.

Hace poco, la hija de Francisco Mouat, Antonia, vino a Lima con su novio Alejando y me trajo dos libros de su padre, ambos de la editorial Lolita. De un tirón me leí el primero,’Algunos adioses’, y solo ahí descubrí que ‘El empampado…’ es solo parte de la misma obra de Francisco, de su misma preocupación por lo que seremos después de existir, por el recuerdo y la memoria, o como lo llamó el colombiano Héctor Abad Faciolince, en otro libro genial, “El olvido que seremos”.

A mí también me obsesiona el tema y algún día pienso escribir una historia personal sobre alguien que marcó mi vida y de quien no existen mayores rastros, salvo un diario de sus últimos días. Creo que a este amigo en común que tenemos con Francisco le comenté eso, y fue entonces que me dijo tengo que presentarte a Pancho Mouat, tienes que leer el empampado, tienes… mientras yo seguiré pensando en escribir ese libro personal, Francisco Mouat seguirá desenterrando el olvido.

‘Algunos adioses’ me perseguirá mucho tiempo, y me imagino regresando al libro de vez en cuando, o mucho más seguido releyendo lo que marqué con un resaltador, por ejemplo:

Uno deja de vivir cuando ya nadie te recuerda. Ese es el momento exacto de tu muerte definitiva. Hacer memoria es prolongar la vida del recordado. Como una obsesión que me acompaña a donde voy, trabajo con los materiales de la memoria, leyendo, escribiendo, escuchando lo que otros dicen. De Sebald aprendí en ‘Los emigrados’ una frase que no me suelta: “Recordar a los muertos nos distingue de los animales”.

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¿Cómo recordar con precisión lo que sucedió hace setenta años? La memoria, lo sabemos, es tramposa: ahí donde a veces los contornos son difusos y vagos, interviene el estado de ánimo y la necesidad de magnificar o hacer lógico el relato. Hay una manera eso sí de confrontar el olvido: hablar una y otra vez, narrar lo vivido hasta el cansancio, escribir la historia, dar testimonio, fichar hechos y posiciones y estados del espíritu, revivir detalles.

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Los materiales de un libro no hay que ir a buscarlos en viajes exóticos. Viajan contigo, y por momentos asoman la nariz.

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Sumar un recuerdo tras otro como antesala de los adioses que inevitablemente vendrán.

Son más las frases resaltadas en ‘Algunos adioses’ o, mejor dicho, son menos las frases no resaltadas que las resaltadas, y como este post está a un paso de ser piratería descarada, lo dejo ahí, a la espera de conocer a Francisco Mouat.

Daniel Titinger

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