Reseña: Francisco tiene, sobre todo, humanidad

Reseña: Chilenos de raza, Francisco Mouat

Paul Auster, el novelista norteamericano, compara el acto de escribir con una caravana de camellos que se divisa en lontananza en el desierto. Lo que importa en tal caso no es cuántos son los camellos o los camelleros y ni siquiera el destino que llevan, sino el suave y acompasado desplazamiento de las figuras sobre la arena. Con lo cual se quiere decir que en la escritura de un libro importa menos la obra terminada que el proceso de escribirla.

Recuerdo lo anterior porque me resulta fácil imaginar lo mucho que Francisco Mouat se habrá divertido escribiendo este nuevo libro, Chilenos de raza, o preescribiéndolo, con lo cual me refiero a las numerosas entrevistas y otras investigaciones que debió realizar para darnos a conocer a tan formidable galería de personajes, desde Luis Domingo Contreras, El Burro, a Carlos León, el hombre de Playa Ancha; desde el auténtico Guatón Loyola al Teniente Bello; desde Ernesto Sottolichio, rey del Picaresque, al Capitán Araya; y desde el Cura Soto al Charles Bronson chileno.

Es probable que usted no conozca a alguno de esos personajes ni a los otros ocho que pueblan alegremente este libro. Un libro que no sólo ostenta buena prosa, muy buena prosa, así como una envidiable facilidad para construir o reproducir diálogos ligeros, justos, atractivos. Lo que tiene, sobre todo, es humanidad, y ello porque el autor demuestra a las claras que quiere a los personajes que convoca. Bukowski decía que sólo en los bares, cafés, hipódromos y gasolineras es posible hallar todavía algo de humanidad, pero en este libro de Mouat también es posible encontrar algo, mucho de humanidad.

De humanidad y, asimismo, de identidad, una palabra que siempre he considerado demasiado fuerte, incluso cuando la aplicamos por referencia a los individuos y, ni qué decir, cuando se la emplea por referencia a los países. Sin embargo, lo que quiero señalar es que la deleitosa galería de personajes que presenta este libro, con testimonios de primerísima mano, nos concierne muy directa y entrañablemente, y, en tal sentido, nos hace sentir parte de un colectivo nacional que podría no tener identidad, pero sí carácter.

Carácter, por ejemplo, como el ya mencionado de Luis Domingo Contreras, apodado El Burro, quien durante 20 o 30 años animó con sus tallas las veladas boxeriles del Caupolicán. “Lo del Burro – leemos en este libro- era un café concert de varias horas”, porque sentado arriba, en la galería, no tiraba dos o tres tallas por jornada, sino decenas, mientras los miles de asistentes guardaban silencio para que él hiciera su show. Carácter, como en el caso de Sergio Gaete, que se enroló en las filas del ejército inglés durante la Segunda Guerra Mundial, y que el día de su despedida de Chile hizo parar en Quilpué el expreso que iba a Santiago, una estación menor en la que el tren no debía detenerse, pero en la que efectivamente paró por decisión soberana de un jefe de estación que comprendió la importancia de que un chileno partiera voluntariamente a batirse en el frente de batalla. Carácter, desde luego, como en el caso del muy conocido Charles Bronson chileno, hoy un octogenario y apacible vecino de Viña del Mar, quien debe su fama al impresionante parecido con el actor y al programa Sábados Gigantes, que lo descubrió.

Carácter, ahora en punto aparte, para destacarlo un poquito más, como en el caso del escritor porteño Carlos León, quien sostenía que la piedad es superior a la justicia y a la belleza. Carlos León se consideraba a sí mismo un sonámbulo, y es probable que nos haya visitado en el puerto para estar ausente, lo mismo que hacía uno de los personajes de “Sobrino único”, quizás si el mejor de sus relatos. León reposa ahora en el cementerio de Playa Ancha, que mira al mar desde lo alto, porque en Valparaíso – como ha sido observado por Leopoldo Sáez- los muertos no bajan, suben, y ejercen de ese modo una cierta presión por llegar de una vez al cielo, así vengan de los Placeres, otro de sus cerros.

Mención aparte merece también el fantástico Jenaro Gajardo Vera, quien inscribió la luna a su nombre en el Conservador de Bienes Raíces de Talca, aunque lo más llamativo es el motivo por el cual hizo tamaño gesto poético, puesto que – según él- la gente que habita la tierra es más bien mala y era necesario intervenir de algún modo en la selección de los seres humanos que algún día se instalarían a vivir en la luna.

¿Locura? Posiblemente, pero como dice el propio Gajardo, “sólo una brizna de locura”, porque si no se tiene un poco de locura, lo más probable es que “usted se vuelva loco de verdad”.

A leer y a disfrutar, pues, este nuevo libro de Mouat, que se ubica en las antípodas de la moda seguida por los autores que sólo escriben de personas que odian.

Agustín Squella

Revista de Libros de El Mercurio

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