Reseña: La hermosa costumbre de conversar, Jorge Montealegre

Reseña: La hermosa costumbre de conversar, Jorge Montealegre

La hermosa y humana costumbre de conversar me atrae como la luz a las polillas. Me acerco lentamente y escucho. En este caso conversan Alberto Gamboa y Francisco Mouat, dos periodistas a quienes sigo con afectuoso interés. Conversan sobre las experiencias del primero: el ya legendario Gato Gamboa, el último director del diario Clarín que -firme junto al pueblo- fue cerrado el 11 de septiembre de 1973.

Francisco Mouat, autor de “Chilenos de raza” y dedicado cazador de las pequeñas historias que nutren la memoria de nuestra cotidianidad, es un buen interlocutor para el Gato Gamboa. Armado con lo visto y leído en libros, entrevistas y documentales, más lo escuchado en otras conversaciones sobre el Gato, lo lleva a ratificar, aclarar y ampliar las historias y mitos que lo rodean.

Antes de llegar a Clarín, cuenta Gamboa, era reportero -junto a Manuel Cabieses y José Gómez López-en Última Hora. De ahí pasó a La Gaceta, diario que infló la candidatura del cura de Catapilco en 1958. El rol del periódico es una anécdota casi desconocida, bien contada en esta conversación. Como éste, otros recuerdos iluminan las épocas vividas por Alberto Gamboa.

Dirigiendo Clarín, que llegó a vender más de doscientos mil ejemplares durante la Unidad Popular, derrochó ingenio acompañado por atrevidos colegas entre quienes estaban Eugenio Lira Massi y Hernán Millas (Agapito). Son memorables sus titulares de primera plana, los aciertos fotográficos picarescos, el consultorio sentimental, Lolita. Todo eso que terminó de golpe. Relatada desde la vivencia diaria la gravedad de la crisis resulta minimizada y a la vez ilustrativa de la atmósfera cotidiana, dejando en el aire la necesidad, todavía, de mayor reflexividad para comprender la política, la prensa, la convivencia de entonces.

Alberto Gamboa, según cuenta en el libro, estuvo unas veinte veces preso por querellas contra Clarín. No obstante, es la prisión política -en el Estadio Nacional y en Chacabuco- la que deja las marcas más profundas. Las secuelas familiares, el sufrimiento del escarnio, el maltrato físico, el recuerdo de la tortura. Pero también, la oportunidad de resistir, junto con sus colegas periodistas –Ibar Aybar, Manuel Cabieses, Guillermo Torres, Rolando Carrasco y otros- construyendo un diario mural que fortaleció la identidad de la comunidad prisionera. En él, no faltó una mano de gato que hiciera un consultorio sentimental humorístico y picaresco firmado por un Profesor Nitrato que recordaba demasiado al de Jean de Fremisse del diario Clarín.

La resistencia y la resiliencia tienen su cotidianidad, así como también la tiene la banalidad de los torturadores: una vez tuvieron más de tres horas al Gato Gamboa en la parrilla. “Terminaron cuando uno de los torturadores le dijo al otro que tenía que irse al cine, porque su señora lo estaba esperando para ver El Padrino en el centro.” Así es la vida: las siete vidas del Gato Gamboa, libro de Francisco Mouat.

Jorge Montealegre
25 de junio de 2012

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