Reseña: Literatura de la buena

Reseña: Mi citroneta chilena, Maggy Le Saux

Después de leer estos textos, tengo unas enormes ganas de ser amigo de Maggy. Tira a zurdo en sus ideas, no le importa mucho el dinero, respeta a sus amigos, le importa la memoria y el dolor, es sofisticada pero no cae en excesos de diseño, su sentido del humor lo mantiene a uno siempre con una sonrisa tenue, de espaldas a la carcajada grotesca y a los solemnes con mentalidad de powerpoint, publica su primer libro cuando ha empezado el segundo tiempo de su vida, llegó a Chile el mismo año que yo nací, empezó a fumar porque se enamoró, como yo, en fin. Se me ocurre que debe estar muy contenta hoy, y también un poquito ansiosa.

Tengo muchas ganas de ser su amigo en persona, porque con su libro la amistad está ganada desde que terminé su lectura. Tras ese primer cierre del libro –vendrán muchas consultas en el tiempo venidero, lo sé– pensé de inmediato en los diarios de Dostoievski, ya que la autora dice no haberlo leído, por culpa de su hermano. Dice don Fedor: “Mi situación es muy imprecisa. Mas, me hablaré a mí mismo, para darme el gusto, en la forma de un diario, y que de ello salga lo que saliere. Pero, ¿de qué hablar? Hablaré de todo lo que me impresione o haga pensar, y si llego a encontrar un lector, o, que Dios me preserve, un contradictor, entonces sí que habrá que saber hablar. Voy a tratar de aprenderlo, ya que en nuestro oficio, la literatura, parece ser más difícil que en otra parte”.

Maggy parece empezar desde la misma premisa. Su situación vital, sino imprecisa, es al menos precaria, como ella misma la define, con singular belleza: “Aceptar la efímera insignificancia de mi paso por el universo disolvía la angustia (…) No me sentía ni culpable ni víctima. Simplemente humana. Precariamente humana”. Desde esa posición se habla a sí misma, pensando también en el lector, pero fundamentalmente en ella misma, como lo hacen los cronistas que más nos emocionan. Como ellos, Maggy escribe textos breves que oscilan entre crónicas vivenciales y lecturas entrañables. Maggy sabe de quién es tributaria, no olvida esos cauces, los deja fluir libremente en sus letras, y desde ese reconocimiento es que logra la originalidad. No desde el impulso fundacional, chiquilinada que lectora tan avisada no se permite, sino que desde el diálogo con los libros más queridos de su biblioteca.

Mi citroneta chilena podría leerse también como una biografía en fragmentos, conversada. Una memoria sin aspavientos ni vocación de minuciosidad estéril. Me costaría mucho asumir que tengo que leer un texto de alguien mayor (Maggy tiene la elegancia de no esconder su edad) realizando recuerdos del pasado. Sin embargo, ninguno de esas prevenciones tienen fundamento cuando nos enfrentamos a su pluma. Su prosa avanza elegante, no estornuda. Son reflejos, espacios que se expanden, como ella misma dice, “dentro de la ciudad, otra ciudad, desarticulada y sinuosa”.

El título puede llevar a engaño: no habla de la citroneta más que en las primeras páginas. Se refiere allí a las peripecias de la citroneta, que es un poco lo mismo que le pasa con Chile, y con la gata Diva y el gato Bel Canto, y desde luego con el cáncer. Hay en la forma en que lo enfrenta una rara forma de candidez y optimismo que no puede sino emocionarnos. Una distancia de sí misma en las antípodas del pavo real en la edad de las cuentas con el mundo. Una austeridad preciosa en el relato. Ocurre que en este libro no hay cosas más o menos importantes. El cáncer se emparenta de este modo con la citroneta. Todo cabe en el placer de contar. Y la actitud vital en ambos casos es la misma: nada de lamentos, nada de gestos heroicos. Pura y bellamente, que transcurra la vida. Hay dignidad en su austeridad existencial, automovilística y desde luego sentimental. Sobre esa parte de su vida dejaremos a los oyentes cultivar la curiosidad, se sabe lo de la memoria de los caballeros.

Maggy escribe en una lengua que no es la materna, y lo hace con pasmosa facilidad. Es una extranjera que nos mira como se mira un país ajeno, pero mirándolo desde su centro mismo, no desde el laboratorio, sino que desde la fuente de soda. Como Borges en sus conferencias de Harvard, Maggy no acusa el golpe del cambio de mano. Dice Borges en esos textos cosas que supongo le gustarán a Maggy, porque Maggy lo cita con mucha prestancia en estas páginas: “La verdad es que no tengo ninguna revelación que ofrecer. (…) Cada vez que he enfrentado a la página en blanco, he sabido que debía volver a descubrir la literatura por mí mismo. (…) Sólo puedo ofrecerles mis perplejidades. Tengo cerca de sesenta años. He dedicado la mayor parte de mi vida a la literatura, y sólo puedo ofrecerles dudas”. Maggy beberá de esas palabras, estoy seguro.

En fin, recomiendo este libro enfáticamente. Y si he de destacar algunas páginas por sobre otras, destacaría aquellas que la autora le dedica a su madre. Hay allí literatura de la buena. Ya quisiera yo escribir sobre mi madre como allí se hace.

Patricio Hidalgo Gorostegui

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