Reseña: Los chilenos que casi nadie conoce

Reseña: LOS CHILENOS QUE CASI NADIE CONOCE

En las crónicas que Francisco Mouat (1962) ha publicado hasta hoy existe una tendencia nítida: la voluntad de explorar y rescatar las formas de vida que comunican a los seres humanos entre sí. De los resultados inesperados que trae consigo la convivencia masculina alrededor del deporte resultan sus Cosas del fútbol (Santiago: Pehuén, 1989) y sus Nuevas cosas del fútbol (Santiago: Ediciones B, 2002), en donde despliega la mirada atenta de un ironista que puede valorar y desmitificar el fuego que, cada siete días, lo devora por completo. El empampado Riquelme (Santiago: Ediciones B, 2001) se ocupa del hallazgo verídico de un cadáver que permaneció cuarenta y tres años olvidado en el desierto, pero indaga sobre todo en la familia, en la problemática y tan chilena figura del padre ausente cuya desaparición se considera natural y cuya recuperación obliga, sin embargo, a destejer y rearmar el relato familiar urdido previamente. En El teniente Bello y otras pérdidas (Santiago: Carlos Porter, 1998), por último, y en especial en Chilenos de raza –su versión revisitada– Francisco Mouat observa productivamente la comunidad nacional desde la perspectiva oblicua de los “chilenos que están en boca de medio mundo, pero que casi nadie conoce” (9). Como se ve, las preocupaciones que rondan a Mouat van siempre más allá de lo individual; el género sexual, la familia y la nación son horizontes identitarios diversos e incluyentes, en los que nos movemos con mayor o menor dificultad de manera cotidiana. Chilenos de raza, recortado contra ese fondo, es un intento singular que nos ofrece una saludable y oportuna vivencia de lo nacional.

El libro está compuesto por dieciséis crónicas breves dedicadas a otros tantos chilenos que poseen una notoriedad equívoca, curiosa o la paradójica notoriedad que les confiere el olvido. La selección, en efecto, está presidida por esos tres criterios básicos: personajes evocados por el habla popular (el Teniente Bello, el Capitán Araya, el Roto Quezada, el cura Soto), personajes que en algún momento se han visto envueltos en hechos modestamente extraordinarios (el dueño de la luna, el chileno que peleó en la segunda guerra mundial, el escultor sagrado del desierto, el avaro millonario, el eterno candidato a la presidencia, el rey del Picaresque, el Charles Bronson nacional, la mujer de fecundidad extraordinaria e indemostrable), y personajes singulares rescatados del olvido (el humorista de galería en las noches de boxeo, el escritor Carlos León, el periodista Óscar Waiss).

La galería de hombres y mujeres convocados por Mouat configura una serie completa de mitos nacionales, con la salvedad de que el resultado no tiene nada que ver con una alabanza chauvinista de la identidad chilena. El libro, en efecto, busca lo que Roland Barthes llamaba la “bouvardipecuchización” de las mitologías, esto es, una elaboración consciente del mito logra mostrarlo como lo que es: la cristalización naturalizada de cierta ideología. Chilenos de raza nos ofrece un panteón que complementa y –creo yo– revela las determinaciones políticas del panteón institucionalizado. Frente al ejército “vencedor, jamás vencido”, aparece la figura del Teniente Bello, aviador despistado por antonomasia; frente al laureado Neruda, el mudo anonimato del escritor Carlos León de Playa Ancha; frente al heroísmo social de un Padre Hurtado, el heroísmo privado del cura Soto (marido, padre de familia y párroco en Iquique); frente al emprendedor que nos propone el capitalismo globalizado, el triste fin del Picaresque, empresa de antaño que ya no se sostiene en el siglo XXI.

Pero el libro no se detiene en el deshielo de las petrificadas mitologías nacionales, pues Mouat evita convertir a sus personajes en meros emblemas irónicos del discurso nacionalista. Con frecuencia reducido al papel de mero testigo, el narrador de estas crónicas permite que los “chilenos de raza” hablen, desvaríen a veces, y muestren la desnuda individualidad de sus existencias, tan parecidas por lo demás a las vidas del resto de los chilenos. Así, desde las preocupaciones más cotidianas, el libro logra reconstruir lo que un momento atrás había desarticulado: la idea de que, por muy imaginada que sea (y por inaceptables que sean algunos excesos de esa imaginación), la nación es todavía una comunidad.

Entre las consecuencias más alarmantes de la posmodernidad, tanto en Chile como en el resto del mundo, se encuentra el crepúsculo de lo nacional como clave identitaria efectiva y operante. No es casual que a ese declive le siga el surgimiento de identidades excluyentes, combativas y con frecuencia irracionales, es en verdad su consecuencia lógica. Frente a la necesidad de renovar las fuerzas de la nación sin convertirla en una cárcel, entonces, frente al desafío de crear vínculos comunitarios democráticos y libres, Chilenos de raza ofrece una alternativa sencilla y eficaz: no permitir que los imaginarios se esclerosen, pero tampoco dejar que los lazos se deshagan.

Ignacio Álvarez

Revista Anales de Literatura Chilena

Pontificia Universidad Católica de Chile

Facultad de Letras

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