Reseña: Quince capítulos como quince copas de vino

Reseña: Quince capítulos como quince copas de vino

En 1989, Juan Carlos Onetti nos recuerda: “Se publica mucho –casi un libro por día–, pero poco bueno; por eso, hay que dedicarse a releer los buenos libros”. Lolita Editores le hace caso a esta sentencia, y reúne una selección de textos que Francisco Mouat ya ha publicado en otros formatos, en su mayor parte como crónicas en las páginas finales de la Revista del Sábado. La selección es cuidadosa, estricta, precisa. Podemos afirmar que, si la producción literaria de Mouat fuera un tipo de vino, esta sería la cepa de mejor calidad, o mejor, las mejores botellas de la cosecha. Quince capítulos que son verdaderas ventanas por las que miramos distintos tipos de finales, de despedidas, de lejanías. Quince tributos a personas queridas, pero también a lecturas de esas que pueden cambiarnos la forma de ver la vida. Quince capítulos como quince copas de vino, servidas con elegancia, destinadas a tomarse lentamente mientras nos embriagamos de recuerdo, mientras sentimos el aliento del hocico frío de la muerte, la agridulce ternura de quien se enfrenta al pasado mirándolo de frente, sin complejos ni dobleces, pero a la vez haciendo todas las concesiones que permite el cariño por aquello que se narra. Trayendo a los ojos, con devoción, a aquellos que no están, buscando su pervivencia en el tránsito de ese recuerdo desde la mente hacia el papel, y desde ese papel hasta nuestro entendimiento.

Vuelvo sobre Onetti porque es uno de los autores de cabecera de Mouat, y porque una de sus cumbres narrativas, publicada en 1954, se llama precisamente Los adioses, un libro que, si le creemos a la primera línea de la página 77 de Algunos adioses, Pancho ha revisitado tres veces. Allí, en algún momento el protagonista descubre que “la existencia del pasado depende de la cantidad del presente que le demos”. Desde luego, Mouat ha tomado nota de esta evidencia, y ha decidido abrir de par en par las puertas del presente para acoger el recuerdo, transformando esta irreductible paradoja –necesitamos del ahora para poder ejecutar el pasado– en el postulado esencial de su escritura. El personaje de Onetti intenta “reconquistar el tiempo que había vivido” para “cargarlo en el recuerdo de los demás, con las expresiones de interés y las simples cortesías que lo harían soportable, común, confundible con los tiempos que habían vivido los otros” consciente de “la facilidad de los hombres para espantarse de la muerte, para odiarla, para creer en escamoteos, para vivir sin ella”. El material con el que trabaja Mouat es el tiempo que ha pasado, sustancia que carga en el recuerdo de los demás, indagando en la muerte como la única evidencia que hace real la vida, en las antípodas del miedo, casi seducido por la pálida dama.

Antes de continuar con el contenido, dediquémosle unas palabras al continente. Lo primero que llama la atención de este libro es lo estupendamente bien confeccionado que está. La calidad de su papel, la pulcritud de su diagramación, la nitidez de las fotografías, en fin. Se nota artesanía en el cuidado por los detalles, en la limpieza de cada página, y espera uno que este sea el sello distintivo de cada uno de los libros que Lolita Editores publique. Hay una coherencia notable entre esa cuidada estética de la materialidad del libro y la vocación minimalista de la obra, cosa que podemos notar desde su mismo título, Algunos adioses, que constituye una tentativa, una muestra definitivamente no exhaustiva, una porción de realidad que no se permite pretender la totalidad, error en el que un autor tan avisado como Mouat jamás podría incurrir, pues sabe que rara vez un adiós es un nunca más. Hay una opción no vociferante, discreta, frágil, susurrante, tenue, casi como un oasis en medio de un mundo de gritoneos y efectismos. Así, en la portada vemos a tres niños que no sabemos todavía quiénes son, en una actitud de festejo ante la vida, navegando sobre un cauce que se advierte plácido. No es necesaria más parafernalia para que se nos anude la garganta, sospechando a partir de la lectura del título que de alguna manera en las páginas siguientes habrá que despedirse de esos niños, tan temprano.

Tampoco en la contratapa se encuentra más ruido. Allí donde algún editor que se cree inteligente hubiera anotado comentarios zalameros de la prensa, o párrafos anónimos del tipo: “Francisco Mouat protagoniza un apasionante, atormentado e imprevisible viaje a los deslindes de la vida, a los confines del recuerdo, a los barrancos de la muerte, y desde allí nos regala un fresco estremecedor, inolvidable, crudo y necesario, como la vida misma, desde donde el lector podrá encontrar fuerza para vivir, el mejor regalo posible en esta navidad”, Lolita Editores, con un buen gusto verdaderamente meritorio, opta por anotar los nombres de quienes recordaremos en las páginas que anteceden, y más arriba algunas líneas del mismo autor, que finalizan con una frase de Sebald que, más que un argumento de autoridad, constituye una plegaria, una convicción de dientes apretados para hacer más vivible esta vida. “Recordar a los muertos nos distingue de los animales”, nos avisa el alemán, y uno se estremece con aquello, porque se trata de indagar en qué es aquello que constituye nuestra condición humana. Bataille dice que lo propiamente humano es sonreír. Vargas Llosa sitúa en cambio el inicio de la humanidad en un momento perfectamente distinguible, a la vez que imposible de comprobar. Se refiere a aquella noche oscura en que la horda, la tribu, se reúne en torno al fuego, para escuchar la voz de quien tiene historias para contar. Y es precisamente la pasión por contar historias, la avidez de escucharlas, el espacio para la risa que nos deja la ternura, y desde luego el recuerdo de los muertos, los materiales con los que Mouat construye este libro.

Por las crónicas que componen este libro desfilan ciudadanos de cien mil raleas, con los que Pancho se ha relacionado en menor o mayor grado, o sobre los que azarosamente ha tenido noticia. Uno de los momentos más intensos es el testimonio de una amistad abruptamente interrumpida con Pierre Jacomet, a quien el autor le dedica uno de los homenajes más bellos y sencillos que se puedan intentar: “Conocerlo fue una fiesta”, nos dice, antes de relatarnos el duelo en el que se encuentra, para terminar con una de las más desgarradoras preguntas imaginables: ¿A dónde, Pierre? ¿Dónde estás? Uno recuerda entonces al Borges de El Aleph, cuando pasa del frío “la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió”, en similar cantidad de páginas, al inolvidable “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges“. Mouat sospecha que, al igual como Beatriz no responderá a esa súplica, Pierre nunca más va a responder sus mails ni a compartir un café con él. Lograr conmover con esa economía del lenguaje, con esa justeza en las herramientas, es un trofeo que muy pocos pueden exhibir.

Y, ya que citamos a Borges, conviene recordar que pasan por estas páginas muchos de los escritores preferidos de Mouat, que con ese gesto nos regala un verdadero canon literario, de contornos difusos, porque sospecha uno que la búsqueda del autor no ha concluido, que sigue buscando nuevos libros sin contentarse con lo ya leído, porque, como diría Diego Maquieira, Mouat es más un desconocido dándose forma que un cretino con criterio formado. Anotamos los nombres de Bellow, Bernhard, el citado Onetti, Pacheco, Lorca, Braga, Villoro, Vila Matas y no sigo para dejarles a ustedes la posibilidad de sorpresa.

Mouat recuerda sus lecturas, como se ha destacado, pero fundamentalmente recuerda a personas de carne y hueso, desde familiares y amigos queridos hasta conocidos de los que apenas tuvo noticia, pero cuyas muertes los han fijado para siempre en su memoria. Está la muerte accidental, y la constatación del misterio de la salud y la enfermedad, pero hay también muertes inexplicables ocurridas como consecuencia de la violencia del Estado contra sus mismos habitantes. Está el horror de una foto de curso en la que varios de los fotografiados fueron desaparecidos, el infierno de un fotógrafo que es incendiado por la policía, y el doloroso absurdo de la muerte de un maestro de una orquesta sinfónica infantil, cuya principal actividad política era generar música entre estudiantes escolares. Hay en esos recuerdos tristeza, pero de ningún modo desolación. Las palabras de Mouat, nunca sentenciosas, resentidas o violentas, siempre cálidas, emotivas y sentidas, intentan hurgar en la dimensión humana de las personas que pueblan estas historias. Y cuando más fantástica es esta mezcla perfecta entre violencia irracional y esperanza en la condición humana es en la historia de Américo Grunwald, sobreviviente del genocidio nazi. En el diálogo franco, desnudo, desafectado, entre ambos se dan acaso los momentos más entrañables de este texto.

Vuelvo sobre el gran Onetti al terminar estas líneas: “Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la cibernética. Pero sentiremos que siempre sobrevivirá, en algún lugar de la Tierra, un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial encontrará un público afectado por el mismo veneno, que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible –lo vaticinamos con la seguridad de que nunca seremos desmentidos– que ese supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la Tierra”. Esa claridad, Francisco Mouat, ojalá no la pierdas nunca.

Patricio Hidalgo Gorostegui

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