Reseña: Un libro que no termina con su lectura

Reseña: El empampado Riquelme, Francisco Mouat

Al leer esta obra se me vino a la mente aquella cualidad que un maestro de comienzos de nuestra era atribuía a todo libro que valiera la pena: de te fabula narratur, tua res agitur. En castellano: “Estas páginas, lector, tratan de ti”. “El empampado Riquelme” tiene que ver tanto con Julio Riquelme como con el ser humano en general, con el hombre y su destino. Hay instantes en los cuales el texto de Mouat adquiere una universalidad arrolladora, pues plantea una problemática existencial haciéndonos sentirla hasta el escalofrío. Separación, incomunicación, el destino, soledad, dolor, muerte, desamor, rencores, incomprensiones, relaciones filiales, anhelos y sueños, no son exclusivos del destino de Julio Riquelme sino que nos atañen a todos.
Este detallado relato periodístico del hombre que fue tragado, literalmente devorado por el desierto durante uno de aquellos larguísimos viajes del legendario tren Longitudinal, proyecta la sensibilidad del lector a algo que va más allá de la peripecia del desventurado Riquelme, trascendiendo ampliamente la mera noticia. Éste es un libro que no termina con su lectura, sino que continúa creciendo en la mente del lector. La historia que nos entrega esta acuciosa investigación se hace más dramática aún cuando nos enteramos, al ir leyendo sus variados pasajes, de la calidad humana del protagonista. Se trata de un hombre común y corriente como todos nosotros, un hijo de vecinos, un hombre bueno sin ser por supuesto un dechado de virtudes, algo mujeriego y bebedor. La figura de Riquelme se humaniza y su triste destino nos compromete. A nadie le interesó demasiado la desaparición de este hombre gris, ni siquiera a sus parientes y compañeros de trabajo, entre los cuales la suspicacia tejió desvaídas versiones que ni ellos mismos creían y que pronto pasaron al olvido junto con Riquelme. La ausencia imprevista y definitiva del oscuro portero de un banco de provincia que se esfumó sin dejar rastros –salvo una canasta con restos de cocaví– no le importó mayormente a nadie, dejó impasibles a sus familiares y empleadores. Todos se desentendieron sin sentirse afectados por el inexplicable desvanecimiento. Esa falta de interés, esa pavorosa indiferencia ante el drama de este hombre ha sido compensada ampliamente por el desasosiego que despertó en Pancho Mouat y el compromiso rayano en la obsesión que le brinda, logrando contagiar al lector, involucrándolo incluso sentidamente en el sino de este desafortunado pobre tipo. El frío desapego de sus más cercanos parientes, colegas y patrones es un contraste notable con la emoción de buena ley que despertará esta historia cada vez que sea leída. Estamos ante un texto pletórico de imágenes visuales inolvidables, como la del tren compuesto exclusivamente de carros cargados con gallinas vivas, atravesando el desierto interminable; o las tumbas abandonadas, casi borradas por el tiempo, con nombres que a nadie le dicen algo, teniendo al viento y al sol como únicos testigos. Las variadísimas entrevistas donde se les cede la palabra a voces de muy distinto registro –escuchamos entre otros a un sicólogo, un compañero de viaje, una mentalista, un afamado grafólogo, a compinches y amigos pintorescos, verdaderos esperpentos algunos, del desaparecido– logran una apreciable polifonía en el relato y aportan perspectivas diferentes, dejando en libertad al lector frente a los heterogéneos testimonios y al misterio. Afortunada es también la inserción de una crónica de la antigua revista “En viaje” –crónica dentro de la crónica–, así como las poéticas, elocuentes citas de Andrés Sabella y el magnífico poema de Fernando Pessoa y todas las otras voces que suenan y resuenan en la narración, enriqueciendo este alucinante documento. Hay momentos de gran novela en esta historia, cuando el acontecer expuesto se amplía haciéndose escénico e intenso con detalles que garantizan la verosimilitud. El espacio no sólo está siempre presente, sino que cobra un rol protagónico y recuerda los mejores textos de nuestros grandes novelistas del Norte Grande. El periodista investigador se documentó prolijamente, aunque sin sustraerse al embrujo de este inmenso desierto. El texto satisface todas las expectativas del lector anhelante del máximo de información, de detalles, de interpretaciones y puntos de vista. La crónica de Mouat muestra, pero no demuestra; propone. De hecho, estas páginas están plagadas de interrogantes, especulaciones realizadas por varias voces, suposiciones tan lícitas como sugerentes. Estas preguntas sin respuestas instan la colaboración del lector que a ratos se transforma en coautor. El respeto –e incluso la tristeza– no le impide al cronista abordar detalles estremecedores. La nobleza del escritor no es obstáculo para que cumpla su despiadado oficio, pero la piedad de su mirada es inevitable. No está exento de humor este apasionante testimonio. El viaje del cronista a Chillán en busca de amigos y testigos de la vida de Julio Riquelme es divertidísimo, aunque no haya sido esto último la intención del periodista. Aventajado discípulo de Truman Capote, el autor introduce cavilaciones personales que no alteran en absoluto la non fiction, pues siguen siendo non fiction, y además estimulan las asociaciones y los sentimientos personales de cada lector. La relación padre-hijo está presentada con una mirada diferente, desconcertante. La familia, la amistad, la incomunicación; en fin, el drama humano que exhibe este libro apasionante funciona como un espejo ante el desprevenido lector.

Jaime Hagel

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