El laberinto que se esconde en el edificio del fraude hace caer a quienes lo exponen, pero preserva a los que aún le son útiles. Dejó caer al abogado Luis Hermosilla, a la ministra de la Corte Suprema Ángela Vivanco, al exfiscal Manuel Guerra. Cayeron algunos operadores, los que habían dejado rastro audible y rastreable, pero no se deshizo de Andrés Chadwick, la bisagra entre la derecha chilena y el mundo judicial, el mundo empresarial y el parapeto seudoacadémico que brinda cobertura institucional a sus soldados. Lo que sabe Chadwick es quién encargó a Hermosilla que hiciera qué, y cuándo, y por qué, y cuánto costó. Eso es lo que el sistema no puede permitir que se diga en voz alta. No frente a un tribunal.
No en público. Los sistemas de corrupción no mueren cuando caen los operadores. Mueren cuando el poder deja de necesitarlos. Y en Chile, el poder necesita exactamente lo mismo que siempre necesitó: alguien que llame al fiscal correcto; alguien que gestione el nombramiento adecuado; alguien que sepa cuándo hablar y cuándo callar; alguien que conozca el mapa del laberinto; alguien que borre la referencia escrita.