Fernando Leiva Letelier hace una invitación imprescindible para comprender las dinámicas de cooptación que fracturaron el vínculo entre la élite y el pueblo de Chile a partir de fines de la década de 1980.
Antes de aquella fractura, la izquierda chilena prometía convertirse en “sepulturera” del sistema neoliberal. Una vez iniciada la transición a la democracia en 1990, e incluso desde antes, mientras se negociaba la salida del dictador, y luego a lo largo de los últimos 36 años, la izquierda chilena ha sido arquitecta, defensora y renovadora fundamental del mismo sistema. Una metamorfosis que la transformó en la mano izquierda del capital. La Concertación y la Nueva Mayoría no sólo administraron la herencia de la dictadura con el pretexto de “generar certidumbre a los agentes económicos” y “tranquilizar a la derecha y a las Fuerzas Armadas”, sino que además diseñaron tecnologías políticas sofisticadas para legitimar y profundizar la mercantilización de la vida social; erigieron los pilares de la consolidación neoliberal desde la domesticación de los movimientos sociales; usaron a las instituciones del Estado para subvencionar la demanda privada en salud, pensiones y educación; e hicieron práctica común la “conversión sociológica” de una élite que transita sin fricciones desde el servicio público hacia los directorios de los grandes conglomerados económicos. Luego, el gobierno de Gabriel Boric selló el proceso, dotándolo de una estética progresista, ecologista y feminista, “salvando al capitalismo de sí mismo”, aportándole la racionalidad y la legitimidad institucional que la derecha dogmática no pudo construir, pero que hoy recibe con los brazos abiertos.