La información disponible sobre el exilio, nos habla habitualmente, del número de chilenos que partieron fuera del país luego del golpe de estado de 1973, de los esfuerzos que aquellos desterrados tuvieron que realizar para adaptarse a otras culturas y geografías, o saber la relevancia de los aspectos emocionales, sociales y psicológicos que les afectaron.
Sin embargo poco o nada se conoce respecto de las urgentes gestiones que con posterioridad al 11 de septiembre, se realizaron para conseguir que, quienes debían partir forzosamente fuera de Chile, tuvieron las fronteras abiertas de distintos países que estuvieran dispuestos a acogerlos.
El momento que vivió Carlos Parra en la reunión de líderes de la internacional socialista, efectuada en Londres el 11 de noviembre de 1973, no fue fruto del azar sino que respondió a su trabajo incesante para ser parte en representación de su partido, en aquella organización. La relación que Parra había logrado forjar con Primeros Ministros como Olof Palme (Suecia), Bruno Kreisky (Austria), Joop den Uyl (Países Bajos), Trygve Bratteli (Noruega), Kalevi Sorsa (Finlandia), Anker Jörgensen (Dinamarca), Golda Meir (Israel) entre otros, le permitió esta noche realizar una gestión de extraordinaria trascendencia que posibilitó que parte importante de Europa accidental abrirá sus puertas para acoger a miles de exiliados.
Esta noche, en Londres, alrededor de 40.000 chilenos y chilenas asilados o refugiados en otros países pudieron ver una luz de esperanza.